Ezequiel en nuestra historia
Tanto Ezequiel como Jeremías han dejado en la Biblia una de las más altas perspectivas desde la que contemplar la historia del pueblo de Dios. Ser infiel y rebelde parece que forma parte de la vocación de este pueblo. Es asimismo parte de la acción de Dios el destruir lo que se había construido con él, desde el momento en que el pueblo quiere instalarse en este mundo, siguiendo las huellas de los otros pueblos.
Hay períodos de la historia en que todo parece derrumbarse y sólo se ve a la muerte campeando por doquier. Es, sin embargo, en estos momentos en los que Dios alumbra una nueva etapa de su plan siempre imprevisible. Aunque es arriesgado hacer aplicaciones demasiado particularizadas a la época en que vivimos, es ahora presente, especialmente en la Iglesia Católica, la sensación de un derrumbamiento que afectaría a sectores aparentemente esenciales de la misma Iglesia, y que nos haría recordar la época en que desapareció el reino de Judá. Para muchos creyentes, el tiempo del Exilio ha comenzado ya, sea que se refieran a la Babilonia de este mundo, ciego a la verdad, o bien a la Iglesia convertida ella misma en Babilonia.
En consecuencia, muchos miran por doquier, a la espera de un profeta o de un rayo de luz.
A este profeta se suele recordarlo como se recuerda a la Cuaresma. Vivió y profetizó en el exilio, y si bien anunció un futuro prometedor para su pueblo arruinado, lo hizo después de haber denunciado, durante años, las falsas esperanzas a las que se aferraban sus compañeros. Dios mismo le ha impuesto largos ayunos y pruebas, además de la humillación de pertenecer a grupos marginales, en una ciudad segura de sí misma. Mientras que el “segundo Isaías” parece contemplar la tropa de los exiliados desde la altura que le inspiran sus grandes perspectivas, Ezequiel comparte la vida de un suburbio escuálido donde se enfrenta cada día a las miradas escépticas u hostiles de los exiliados.
La predicación de Ezequiel se ha conservado mejor que las de otros profetas bíblicos ya que se desarrolló en una comunidad viva cuya condición de exiliada en una ciudad prospera, ha protegido las enseñanzas del profeta. El hablaba a “ancianos” de los que la mayoría debían ser conocidos suyos, preocupándose de darles una formación adecuada. Sin lugar a duda, los primeros que regresaron del Exilio habían tomado su enseñanza como regla de vida y no tenían razón alguna para revisarla.
